Un proyecto extenso y profundo sobre los descendientes de africanos y sus valores culturales, que giran en torno al candombe y la fabricación de tambores, ha sido encarado por Marina Bonavento. Este trabajo, que aun está en progreso, muestra una realidad desconocida de nuestras sociedad.
El tráfico de esclavos constituyó uno de los capítulos más desgraciados de la conquista y colonización de América. Familias enteras eran arrancadas de sus territorios en el Africa y traídas por la fuerza al nuevo continente, con la idea de hacerlas trabajar en beneficio de españoles, portugueses y anglosajones.
La excusa de tan inhumano comercio se fundamentó en que los indios, sometidos y subyugados, eran supuestamente incapaces de trabajar de la manera como pretendían los colonizadores.
Se calcula que en los años que duró ese tráfico de personas, durante los siglos XVII y XVIII, llegaron al Río de la Plata unos 45.000 africanos. Pero esa población, que llegó a ser del 30 % de los habitantes del Virreinato, en lugar de crecer y multiplicarse, ha ido desapareciendo gradualmente al extremo que conforma una ínfima minoría.
En Argentina prácticamente constituyen casi una curiosidad étnica. Enfermedades, aislamiento económico, empleo como “carne de cañón” en los ejércitos durante las luchas de la independencia y en las guerras civiles, han llevado a su virtual extinción.
En cambio, en el Uruguay, la colectividad de origen africano ha logrado sobrevivir y conservar muchas de sus tradiciones. Es en la celebración del carnaval que los uruguayos de ascendencia africana, particularmente los montevideanos, logran manifestar toda la riqueza de su cultura, que comprende las danzas y la música.
El candombe, ritmo que les pertenece junto a esa variedad de tambores de diferente sonoridad y por ellos mismos fabricados, ha terminado por definir junto al tango lo que es la música rioplatense y, en particular, la uruguaya.
Desde hace años, muchas de esas familias han emigrado a la Argentina en busca de mejores oportunidades de trabajo, permitiendo que la ciudad de Buenos Aires recuperara en parte aquella tradición perdida que le habían dado los esclavos y sus descendientes. A pesar de ello, no dejan de vivir en una suerte de ghettos, ocultándose a la contemplación de los demás.
Marina Bonavento ha logrado traspasar el umbral de misterio y timidez que les protege, para descubrir que el candombe y esos luthiers, que fabrican sus tambores siguiendo las más antiguas técnicas, hacen del candombe algo más que un ritmo en base de batir lonjas y maderas. La música adquiere entonces un sentido de religiosidad, de verdadera pasión.
Todo gira sobre la propia identidad, los tambores pueden ser golpeados hasta que las manos sangran, como si ello fuera un acto de devoción ritual. Las fotos de Marina están para mostrarnos la espiritualidad de esas gentes.
A. Becquer Casaballe
Sobre la autora
Tiene 26 años de edad y se inició en la fotografía al realizar un curso básico en el Centro Cultural Recoleta. En la actualidad, trabaja en el Estudio de Adrián Rocha Novoa.
A pesar de su corta carrera ha participado en varias muestras colectivas: “Enfoques” en el CCR y “Solidaridad” en el Palais de Glace en 1999, “Sobremiradas” y “Solidaridad II” en el 2000. Su obra también integró la muestra “El Buenos Aires de Adam Buenos Aires” en el CCR, en 2001 y, al año siguiente, expuso en el Museo Fotográfico de Quilmes, en Spacio Giesso, además de mostrar sus trabajos en “Estudio abierto San Telmo/Montserrat” en el año 2002. En el 91 Salón Nacional de Artes Visuales obtuvo el 2º premio en la disciplina fotografía.
Este es su primer trabajo de largo aliento, al que se ha dedicado a lo largo del año 2003 y que aún continúa, pretendiendo mostrar que ellos tienen una pasión por el candombe que es incluso religiosa.






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