Por Silvia Mangialardi
Del 30 de septiembre al 30 de Octubre se expone en la sala C del Centro Cultural Recoleta la muestra de Dani Yako “Fotografías 1980-2005”. Para reflexionar sobre sus 25 años de fotógrafo, dialogamos con él.
¿De qué se trata esta muestra?
Es una aproximación subjetiva y parcial de mis últimos años de trabajo. No me gusta llamarla retrospectiva. Las fotografías pertenecen al período de 1980 a 2005 y aunque yo hacía fotografía desde antes, tomé ese punto como comienzo porque fue el momento en que decidí buscar un camino personal. Fue entonces cuando comencé uno de mis primeros ensayos, que fue sobre Galicia. Yo estaba exiliado en España y me llamaba mucho la atención ese lugar, ese clima, esa morriña como le dicen ellos. Los gallegos son muy melancólicos y creo que tenía mucho que ver con mi estado anímico.
La muestra no va a estar agrupada por ensayos o por años, estoy trabajando con mis curadores, Gabriel Díaz y Adriana Lestido, sobre un hilo conductor sobre todo visual entre fotos que tienen 25 años y fotos recientes. Tienen una cierta unidad en la forma de acercarme a los temas, de fotografiar, en un formato que sigue siendo el mismo que cuando empecé: la misma película, el mismo revelado, nada digital. Va a tener 75 fotos.
Por primera vez no copié yo. Hasta ahora nunca había entregado un negativo a nadie, pero como se trata de fotos de 50 por 60 las está copiando Carola Brie. Trabajamos mucho juntos y estoy muy contento porque ha sacado a mis negativos más de lo que yo les había sacado antes.
¿Algún motivo para hacerla en este momento?
Cumplo 50 años, 25 años de fotografía.
Fue muy interesante mirar todos mis negativos, encontrar cosas de hace 20 años que ni siquiera había copiado y hoy me gustaron. Para mí, sigue teniendo magia eso de agarrar un negativo que estaba guardado en un sobre durante años, ponerlo en una ampliadora y que salga una copia. Fui bastante meticuloso en guardar bien todo lo que hice.
¿Cómo cambió tu trabajo personal en estos 25 años?
Encontré cosas que había hecho cuando no era fotógrafo, cuando iba al Nacional Buenos Aires. Mi hija, que tiene 13, cuando las vio me dijo: ‘¡la verdad que no has progresado mucho como fotógrafo!” En realidad, fue un elogio.
Sigo teniendo la misma mirada que tenía hace 25 años. Evolucioné, pude hacer algo como “Extinción”, conjugar mis ideas sobre este país, sobre el rol de la fotografía como documento, como registro de época.
Me siento muy conectado con el pasado: las mismas cámaras, las mismas 2 o 3 lentes. Uso un 35, un normal, a veces hay algunas fotos con un 21 de Leica, pero muy pocas. En realidad las fotos anteriores al 82 no están hechas con Leica porque no tenía dinero para comprarme una.
Quizás en mis últimos trabajos hay un grado mayor de abstracción, pero siempre con el eje de la gente como centro del universo. Todas tienen que ver con la causa humana.
Eso es lo que te preocupa.
Si, siento que estas fotografías me representan. No sé si soy el mismo de hace 25 años, pero en lo básico no cambié. Cuando comencé tenía muchas fantasías, de viajar por el mundo y hacer fotos de la China, la India. Ahora descubrí que mi interés es básicamente el país, poder hablar de lo que pasa acá.
Todos me dicen ‘¿Cómo te volviste de España, una vez que estabas asentado?’ Volví cuando mejor me estaba yendo.
¿Cuando regresaste?
En el 83, cuando se fueron los militares. Nunca fui tan feliz como cuando volví a Argentina. Un día me había llamado Miguel Angel Cuarterolo, que recién estaba como editor de DyN, para ofrecerme un puesto. Fue un shock muy grande, no estaba en mis planes volver en ese momento. Lo pensé unos días y le dije ‘Voy para allá’.
Mi primer trabajo fue ir a fotografiar las inundaciones. Empecé a viajar, fui al Chaco, Formosa, Santa Fe. Descubrí el país, lo que estaba pasando y fue muy interesante fotográficamente.
Después se convoca a elecciones. Miguel me dijo ‘Vamos a tener un fotógrafo para recorrer el país con cada candidato y se va a quedar pegado a él hasta las elecciones. Uno vas a ser vos’. Por suerte me tocó Alfonsin. Fueron meses y meses, recorrimos el país entero dos veces en la campaña. Fue muy fuerte. El optimismo del 83… Ahí conocí a Laura, con la que todavía sigo casado y con la que tengo una hija divina. La Argentina me dio…
...Te dejó hacer tu vida y trabajar.
Si. Seis años y pico de exilio… Yo estuve secuestrado con mi novia. Fui torturado, ella violada, fue realmente horrible.
Ahora está este debate por la indemnización a los exiliados. En lo personal, no la voy a reclamar, porque los que se quedaron sufrieron tanto como los que nos fuimos. Y porque la Argentina ya me pagó, entonces no me parece…
Que lindo sentir eso.
Si, la verdad. Recorrí el país, me conecté con la gente, con los lugares, con las cosas que pasan. La muestra tiene que ver con eso. Esto es lo que hice, este es el país que me dejó hacerlo.
Sé que hay instalada una queja constante, sólo vemos lo que no tenemos. No es así para nada, es el país en el que nos tocó vivir y tiene sus cosas. Es verdad que es un país injusto, con una falta de equidad terrible pero son cosas que hay que cambiar.
Ese modo de mirar la realidad se percibe en tu libro Extinción, uno no toca temas sobre los que cree que no hay solución.
Claro, yo creo que tiene que haber trabajo. Ahora estoy trabajando en el tema de los desocupados, el proyecto no es tan fácil, es mucho más dramático, estoy buscando como encararlo. El trabajo te da un marco, un lugar en la sociedad. Viajé a Catamarca, Tucumán, Entre Ríos, he hecho muchas fotos, muchas están en la muestra, pero todavía no encuentro el sentido de lo que quiero contar.
Pero el proceso creativo es así ¿o tenés siempre una idea previa?
No, me ocupé mucho tiempo sobre el tema del trabajo. Cuando comencé por ’89-90, la desocupación no era un tema importante en Argentina pero yo sentía que estaba empezando. Era la época del menemismo, con fábricas cerrando.
Sin embargo en ese momento no lo vi tan claro como 10 años después. Tuve muchos momentos de depresión, pensaba en abandonar, sentía que no servía para nada, que a nadie le iba a interesar. Por eso ahora, me tomo mi tiempo, estoy más relajado. Si en un viaje me pasé 10 días en un lugar, y hay una foto que me interesa, la tomo como parte del proceso y la experiencia. Por ahí dentro de unos años algunas de esas fotos van a servir. Ya no siento urgencia. Aunque la Editorial que editó mi libro ya me está preguntando para cuando el próximo. Es un fenómeno extraño para un fotógrafo que la editorial me esté reclamando un libro cuando yo todavía no lo tengo ni en mi cabeza. En ese sentido me siento súper privilegiado.
Cuando hicimos “Extinción” me contrataron, me dieron un importante adelanto por derecho de autor y se hicieron cargo de todo. Hicieron publicidad y bueno, el libro está casi agotado. Estamos pensando en una reedición más accesible, con tapa blanda. En ese sentido también me siento un privilegiado.
¿Alguna galería se ocupa de tu trabajo?
Por primera vez alguien me ofreció representarme, Teresa Anchorena, vamos a ver qué pasa.
Hasta ahora no vendí mucha obra, eso en un tiempo me dolió, pero por otro lado me dio mucha libertad. Hice todas las fotos porque tuve ganas Mis trabajos empezaban y terminaban en mí. No había ningún editor ni un mercado exigiendo más de lo mismo. Eso le pasa a muchos fotógrafos de éxito, empiezan con su trabajo y después se repiten para poder abastecer al mercado. Eso también me dio tiempo libre.
¿Cómo empezó tu interés por la fotografía?
Desde los 12 años militaba en la Federación Juvenil Comunista. Cuando tenía 16 o 17 años ya me había ido de la Fede pero tenía afinidad.
Es una larga historia: mi padre, mi madre y mis hermanos eran comunistas, yo de pronto era comunista también. Nunca me sentí muy cómodo en la militancia. Por un lado estaba eso de cambiar el mundo, en lo que creía, pero por otro las estructuras eran muy burocráticas y no me sentía libre. Pero ahí hacía fotos y me pidieron que las hiciera para la revista.
Cuando tenía 18, a la madre de mi mejor amigo de ese momento la nombran directora de un periódico que se llamaba “La Calle”. A ella le habían gustado unas fotos mías y me preguntó ‘¿No querés ser fotógrafo? Hay trabajo”.
Ahí, el jefe de fotografía era Jorge Aguirre. Con él descubrí que la fotografía puede ser otra cosa. Yo no tenía idea de que podía ser un medio de expresión. Cuando empecé a trabajar como fotógrafo, creo que no había ni libros de fotografía. …No había capacitación, no había muestras. Hoy hay talleres, carreras en la universidad, millones de fotogalerías, incluso los grandes museos tienen fotografía, se editan libros de fotografía. Y la valoración es otra. Es impresionante la cantidad de gente que estudia.
¿Quien estaba de moda en esa época? Bueno, Ansel Adams, Sam Haskin y David Hamilton. Después hubo un montón de autores: descubrí a Cartier-Bresson, a Brassai, a Kertész, en esa época eran los referentes.
¿Dirías que sos autodidacta?
Puedo decir que soy autodidacta o que tuve el mejor maestro posible, Jorge Aguirre. No tomé jamás un curso de fotografía, nadie me enseñó ni como se revelaba…Pero bueno, era la escuela de la calle.
Y Jorge fue alguien de carne y hueso que hacía fotografía acá, en la Argentina, y que exponía! Lo admiraba tanto…
¿Cómo es el cambio de rol de fotógrafo a editor?
El rol de editor me gusta, llevo casi 20 años dirigiendo departamentos fotográficos.
La verdad es que no me siento retirado como fotógrafo porque sigo haciendo fotos y todavía me encanta el proceso.
¿Y como reportero?
Como reportero estoy retirado. No sé si volvería a la calle, a hacer conferencias de prensa, partidos de fútbol…Si en algún momento dejo de ser editor no creo que vuelva a los medios, buscaría otra cosa.
¿Cómo cambió la imagen periodística en estos años?
Siento nostalgia. Para mí, la época dorada como reportero, donde me sentí más feliz de trabajar, fue en DyN. Haber sido jefe de DyN y la cantidad de cosas buenas que produjimos es algo que llevo muy dentro mío. Teníamos una gran libertad, aunque por ahí no se veía reflejado en los medios. Clarín o La Nación de hace 10 años, eran horribles. Hoy hay un montón de cosas instaladas: el rol del editor, cómo se imprimen los diarios… hay poca memoria de eso. El rol de la fotografía hoy en los medios es muy importante.
Muchas veces, la fotografía está por delante de los textos en cuanto a la interpretación de los hechos. Tenemos más libertad, no estamos tan condicionados. El despliegue gráfico que se le da a los acontecimientos fuertes es importante.
¿Querés dejar algún mensaje para los que están empezando?
No tengo mensajes. Amo la fotografía, creo que es un medio de comunicación, de expresión, de conocimiento buenísimo…ojalá lo siga siendo.
Pero, ¿Cual es el futuro?, ¿Va a haber trabajo? ¿Las nuevas tecnologías nos están matando o nos están ayudando? Todo el mundo tiene una cámara, los teléfonos tienen cámara, es un fenómeno increíble. Millones y millones de personas con camarita.
La semana pasada, cuando cayó una aerosilla en Villa La Angostura, lo primero que dijeron los editores fue ‘Salgan a buscar al que tenía una cámara’. Y fue así. Un turista había hecho las fotos. ¿Cómo lo tenemos que vivir, como una amenaza o como un progreso? La tecnología hace que la fotografía sea muchísimo más fácil. Las cámaras son mucho más versátiles, el Photoshop... Transmitir una foto antes era para profesionales. Ahora no, lo hace mi hija que se monta un Fotolog e intercambia historias y fotografías con los amigos por Internet.
Ninguna tecnología puede darte ojo de fotógrafo.
Bueno, si. Pero ¿A cuantos les interesa? ¿Estamos trabajando para unos pocos miles que ven muestras en la Recoleta o estamos trabajando para los medios? Los medios tienen un rol educativo, por ahí no es lo que uno quiere, pero forman. Y las exigencias de la sociedad son mucho más fuertes ahora. En Clarín hace 10 años no se veían las fotos, eran una mancha. Ahora, si salen fuera de registro, los lectores quieren que les cambies el diario. Hay una presión fuerte en ese sentido y los medios la reciben.
Ahora, el fotoperiodismo sigue siendo una profesión con cierto glamour... A reportero gráfico se llega en general muy joven, sin mucha formación y de repente –yo he tomado gente que nunca había trabajado simplemente porque me gustaron una o dos fotos que vi–. A los 20 años estás recorriendo el mundo pero ¿Cuantos fotógrafos de 60 años siguen trabajando en la calle? ¿Progresaron realmente desde esa primera foto que hicieron a los 20 años o siguen haciendo lo mismo 40 años después?
¿Quieren seguir?
No, porque necesitás cuerpo. En esta profesión se envejece mal. Hay muchos y muy buenos fotógrafos de 55 o 60 años hechos pomada, sin futuro, sin posibilidad de trabajo. Es muy duro, nadie te toma a esa edad y no hay alternativas.
En esta profesión se llega muy pronto, pero ¿cómo la mantenés, cómo recreas, cómo te reinventás? ¿Cómo sobrevivís? Es muy injusto.
¿Hay algo que quisieras agregar?
Me gustaría que la gente al visitar la muestra se sienta conectada, aunque sea puteando ¿entendés? A uno no le gusta no ser querido y sé que hay mucha gente del ambiente que tiene resistencia a lo que hago. Si querés por la obsesión de seguir haciendo siempre lo mismo, de supuestamente no renovarme.
¿Y porque tendrías que cambiar si estás bien como estás?
Yo respeto que cada uno tenga el discurso que quiera y que haga lo que quiera. Si la fotografía es arte o no, no me importa nada. Si quiere hacerlas digitales, blanco y negro, color, si quiere romperlas, pintarlas…
El problema creo que es que mucha gente está más pendiente del mercado que de lo que sienten. El tiempo dirá qué sobrevive.
¿No creés que una obra auténtica es la que sobrevive?
Me gustaría creer que si, pero uno no sabe…
Para mí es importante hacer fotos, trabajar con la cámara, sentirme conectado con eso. Si eso vale algo, se verá…
Pero la fotografía me ha dado muchísimo, posibilidades de viajar, de conocer gente, de tener amigos, de expresarme. Es más de lo que soñaba cuando empecé.
Entrevista: Silvia Mangialardi
Fotomundo N° 442 Octubre 2005
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