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Entre Pintura y Fotografía
Un recorrido por la historia
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Mucho se ha hablado sobre ¿qué es el arte? Los filósofos han escrito centenares de páginas sobre estética, la belleza y sus manifestaciones artísticas. En estas líneas nos acercaremos a determinados aspectos de la fotografía y de la pintura que nos permitirán reflexionar sobre las diferentes modalidades que el hombre elige y utiliza para expresarse.

Pienso en la música, la literatura, la arquitectura… sin duda entre la fotografía y la pintura existe una íntima relación que no se da en las demás esferas del arte: aunque nacen a partir de técnicas diferentes ambas manejan un lenguaje visual que las vincula. No existe una relación de superioridad entre la una y la otra –aunque en lo personal cada uno tenga su preferencia– y ya no se discute que tanto la fotografía como la pintura son disciplinas artísticas valoradas por sus particulares características. Hoy esto parece casi obvio, pero si pensamos en sus orígenes no fue fácil para los fotógrafos introducirse en el mundo del arte.

Las primeras manifestaciones de la pintura datan de la Edad de Piedra: los hombres dibujaban animales en las paredes de sus cuevas; estas pinturas no pueden desligarse del interés práctico que inspiraba al hombre prehistórico: la caza era su sustento vital. Recién en el siglo XIX surge la fotografía, de hecho, en relación a la larga trayectoria que resguardaba a los pintores, los fotógrafos se sentían desprotegidos y en enorme desventaja. Tanto es así que para poder ser considerada arte, la fotografía desplegó una serie de artilugios estéticos que la asimilaban con la pintura. Hacia fines del 1800 el Pictorialismo declaró que la actividad de fotografiar no era un acto mecánico e impersonal, sino una nueva forma de crear imágenes singulares, conmovedoras y artísticas. Los lentes flou creaban una imagen entre artificial y onírica dando a la foto la sensibilidad personal de su creador.

El vínculo entre pintura y fotografía fue variando según los años. La “Última Cena” es el famoso cuadro que Leonardo da Vinci pintó en Milán entre los años 1494 y 1497 para el refectorio de Santa María delle Grazie. Esta obra fue reinterpretada numerosas veces por pintores y fotógrafos. Marcos López, fotógrafo argentino contemporáneo, hizo su versión criolla y dice al respecto:

“Mi versión de La última Cena la hice en el 2001, en octubre, justo antes de la crisis de diciembre. Algunos críticos escribieron algo de que era como un presagio, algo así como el último asado argentino. La foto la hice apenas llegué de un viaje por España, donde en la Bienal de Valencia, vi una versión de un fotógrafo japonés, Hiroshi Sugimoto. Recuerdo que después de ver esa obra, me hizo un click y dije que iba a hacer mi versión argentina. (…) Siempre me intereso en que mi obra hable de la periferia, mostrar la textura del subdesarrollo. La pegajosidad de los manteles de hule. Trato de que mi trabajo tenga el dolor y la desprolijidad de la América mestiza. Y creo que esa imagen cumple con eso. Estoy eternamente agradecido por que se me haya ocurrido hacer esa foto. Finalmente, la puesta en escena se hace documental. Esa imagen, está documentando un modo de vivir, una cultura, una época... ¿Para eso dicen que sirve el arte, no?”.

Entre la “Última Cena” de Leonardo da Vinci y “Asado en Mendiolaza” de Marcos López transcurrieron 500 años de historia y un cúmulo de experiencias sociales que modificaron la concepción del mundo y las formas tradicionales de belleza artística. Mientras que en la “Última Cena” de Leonardo los apóstoles de Cristo se asemejan a filósofos vinculados con cuestiones místicas y religiosas, en “Asado en Mendiolaza” no hay apóstoles sino hombres terrenales, con camisetas de fútbol, con hambre y sed de vino: damajuana, tetra-brick, y carne.

Otra versión fotográfica de la “Última Cena” es la de David Lachapelle, fotógrafo estadounidense que retrata a las celebridades más glamorosas del espectáculo y la moda con un estilo lujoso y grotesco. El “Cristo” de Lachapelle está rodeado por muchachos vestidos con ropas amplias y deportivas, con cadenas y gorras; parecen ser personajes de un video de hip hop que recorren las calles de Nueva York o de un suburbio londinense.

Salvador Dalí pintó su versión en 1955 colocando a los personajes en el interior de un dodecaedro (símbolo platónico del Universo) y le dio a la escena un fuerte componente racional con un Dios Padre humanizado que bendice a los apóstoles. La obra de Andy Warhol, “The Last Súper”, es un díptico bicromático en negro y magenta, realizado a partir de un encargo, que se encuentra justo enfrente al mural de Leonardo, separadas tan sólo por una calle. Warhol tomó la pintura renacentista y la multiplicó en dimensiones murales.

El boom del arte pop, la cita y la copia son procedimientos que se instalaron como marca. La fotografía blanco y negro de Hiroshi Sugimoto (2000) está compuesta por cinco paneles y se inscribe en una exposición que Sugimoto tituló “Estática”: los fotógrafos en un sinnúmero de ocasiones captan lo efímero, pero en esta imagen sucede exactamente lo contrario, la teatralización de las figuras destaca la inmutabilidad de la escena.

Numerosas marcas de ropa, de autos o de bebidas han realizado versiones publicitarias (fotografías y video-clips) que recrean con una impronta absolutamente comercial el famoso momento cristiano que reúne a Cristo y sus apóstoles.

La fotografía digital, las múltiples posibilidades del retoque con Photoshop y las técnicas particulares de cada artista acercan aún más a la fotografía con la pintura. Los cambios incesantes de la cultura, las costumbres y los gustos modificaron profundamente la estética de las composiciones y lo seguirán haciendo porque la lógica de la historia así lo indica.

Con el surgimiento de la fotografía, tanto analógica como digital, aparecieron nuevos soportes; el píxel de la foto y el pigmento del lienzo pertenecen a naturalezas diversas pero se vinculan a través de un lenguaje visual que los hermana. El artista trasciende la mera técnica y la obra de arte es valorada por la fuerza, la síntesis y el dinamismo que tanto fotógrafos como pintores son capaces de dar.

Fotomundo 493 (enero 2010)



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