A. Becquer Casaballe
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La cámara fotográfica aparenta ser en manos de los artistas plásticos un aparato ahorrador de trabajo, una suerte de atajo legítimo para evitarse largas y tediosas jornadas sin tener que deconstruir el espacio visual, de la realidad o de sus propias fantasías, con aquel sudor y mucha inspiración a la que creíamos que un artista debía rendir culto.

 

Incluso ello está en la propia esencia de la fotografía, ya que justamente su inventor, Joseph Nicéphore Niepce no pretendía otra cosa que disponer de un artefacto y de una técnica que le permitiera ahorrarse el trabajo del dibujo en su afán por realizar grabados litográficos. Daguerre, su socio y continuador, deseaba generar pinturas murales para su show Diorama.

Los químicos, ópticos, ebanistas, relojeros, que construyeron cámaras y desarrollaron fórmulas reveladoras y materiales sensibles vinieron como un enjambre de avispas a participar de la celebración de la fotografía, estimulando su crecimiento y desarrollo. No quedó esfera del conocimiento fuera de la fotografía, ya sea por quienes se sirven de la misma o la producen.

 

Artistas, fotógrafos y fotógrafos artistas

La fotografía jamás estuvo excluida del campo del arte, a pesar de los esfuerzos de un puñado de pintores y de su portavoz, Charles Baudelaire, quien dijo que estaba destinada a ser una “sirvienta de la ciencia y de las artes”. Si lo decía, era porque en la segunda mitad del siglo XIX ya había ocupado, aunque fuese con cierta timidez, ese espacio.

De todas maneras "y con muy pocas excepciones?, los caminos de lo fotográfico y de lo plástico se desarrollaron por diferentes rumbos, no sólo porque satisfacían diferentes necesidades sino también porque la experiencia y conocimientos, en los aspectos formales, son distintos.

En uno, por sobre todo la habilidad manual, en el otro, los conocimientos de óptica y química. Basta equivocarse en la toma de una fotografía para que la obra se degrade en el mismo acto, mientras que un trazo equivocado de pincel se soluciona con trementina. Lo cierto es que son técnicas con diferentes lenguajes, tan autónomas como la música respecto de la danza o el teatro de la literatura, aunque todas compartan ciertos principios que hacen al arte.

En toda la historia del arte moderno no han existido artistas plásticos y fotógrafos que alcanzaron un grado de maestría en ambas disciplinas. Man Ray hizo bien en hacer fotografía porque como pintor no habría sido tan celebrado, lo mismo que Brassai y algún que otro nombre perdido. Desde Degas hasta Antonio Berni muchos pintores cultivaron ciertos aspectos de la fotografía, pero únicamente de manera subalterna y con resultados que, de no ser por el prestigio del apellido, habrían pasado desapercibidas.

En cambio desde el pop-art, han sido cada vez más los artistas plásticos que recurren a la fotografía, de la misma manera que algunos fotógrafos hacen grandes esfuerzos por ser considerados “artistas” bajo la óptica de las artes plásticas, en una suerte de moderno pensamiento que busca derribar todas las fronteras bajo la premisa de que la fotografía carece de límites son ahora llamados pomposamente "artistas visuales".

Probablemente hay muy buenos ejemplos de realizaciones notables de fotógrafos quienes, con una obra legítima, profunda y cierto virtuosismo, transitan complementando los terrenos de las artes plásticas y de la fotografía. A la inversa, del lado de las artes plásticas, sólo hay algunos artistas que emplean elementos de la fotografía al estilo de Niepce: como un atajo para expresar una idea, sin involucrarse seriamente en el lenguaje de la fotografía.

La fotografía de algunos artistas visuales es un nuevo pictorialismo, una forma anacrónica de crear con nuevos ropajes en un espacio, el de las artes plásticas, que pareciera advertir que existe la fotografía pero a la cual le impone sus propios criterios conceptuales de manipulación, hermeticidad, introspección y, por sobre todo, las reglas del mercado.

Mucho de lo que ahora se presenta como vanguardia creativa ya lo habíamos visto hace treinta años en la sección pictórica de los fotoclubes, con una factura técnica de muy superior calidad y, en cuanto a ideas y propuestas, los dadaístas llegaron más lejos hace casi un siglo. Así que no hay nada nuevo bajo el sol.

Justamente no debe haber nada más absurdo y contrario a la propia esencia de la fotografía que numerar las copias y realizar series limitadas, como si el negativo o el archivo digital se degradara a medida que se hacen más copias tal como sucede con las planchas de grabado. Con ello se busca hacer de la fotografía un arte elitista, para pocas personas, alejado de sus verdaderos objetivos que son la democratización creativa.

Tal vez el desafío es recuperar a la fotografía en su propia tradición y objetivos, algo que de alguna manera planteó Walter Benjamin en su pequeño ensayo sobre la reproductibilidad del arte.

Fotomundo 504 (Diciembre 2010)
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