
Travnik es uno de esos fotógrafos, un puñado por cierto, que necesita del original, de la copia en papel, para darle un completo y absoluto significado a su mensaje. Ha construido sus imágenes, en especial desde que adoptó el formato medio hace más de un cuarto de siglo, en la perfección del detalle y la gradación tonal al estilo del grupo f64, pero sin el manierismo de éstos. Felizmente, su último libro logra mostrar uno de sus proyectos de manera impecable, en una muy cuidada impresión que no desmerece para nada su trabajo.

Reciente ganador de una Beca Guggemhein, director de la Fotogalería del Teatro General San Martín y en el Espacio de la Ribera, miembro fundador del desaparecido Consejo Argentino de Fotografía, el CAF, que tantos aportes ha hecho a la fotografía de autor en el país y en latinoamérica, Travnik resume en sí mismo una personalidad multifacética que va desde el autor reconocido dentro y fuera del país, el docente formador de generaciones de fotógrafos —muchos de ellos consagrados a través de la FotoGalería—, el administrador de proyectos culturales como los Encuentros Abiertos de Fotografía que lo tienen como uno de sus organizadores, hasta el estudioso de la historia.
Ese compromiso con la fotografía que se inició en 1968 como discípulo del maestro Pedro Otero y se consolidó en su paso por Agfa-Gevaert en cuyo departamento técnico realizó importantes aportes al mismo tiempo que se nutrió de una experiencia enriquecedora, confluyó en una obra sólida y trascendente que lo ponen hoy entre los fotógrafos necesarios e ineludibles de la fotografía.
Los restos, su último libro, con la acertada selección de imágenes realizada por Gabriel Díaz, muestra uno de sus proyectos, que aluden a un momento de abandono del país, a una destrucción sobre la cual no se construye, apenas la desolación y el silencio.
Aún se merece, por cierto, un libro que a modo de retrospectiva comience con sus fotos de los años 70 realizadas en 35 mm así como de los 80, los retratos en estudio y en las calles, la serie “Bailes, mascaradas” y la no menos memorable “Adolescentes”, junto a su producción actual, que es algo más estructurada por cierto pero que da cuenta del intelectual que hay junto a la cámara. Ahora, en cada una de sus imágenes se plantea una reflexión estética, una metáfora sobre la realidad que muestra pero que excede el mero documentalismo.
A. Becquer Casaballe